domingo, 9 de junio de 2013

Tengo que entender.

Tengo que entender que tus besos y abrazos no me pertenecen, que tu cuerpo y el mío no se complementan.
Tengo que entender que todo esto fue una ilusión, una historia que yo mismo escribí e intenté vivir al máximo, sólo.

Tengo que entender que eres así y no puedo cambiarte; y así te quise, te quiero. Quién sabe si seré lo suficientemente fuerte para dejarlo de hacer algún día.

Tengo que entender que lo mejor que podemos tener en común es la distancia.

A veces tengo que entenderte, y lo hago. Es difícil aceptar todo esto pero más difícil es escribir estas líneas para despedirme de ti.

Tengo que entender que aunque te recuerde a diario, no estás, ni estarás.

Tengo que entender que todas las pequeñas insinuaciones fueron juegos; para mí no tanto, para ti, por supuesto que los fueron.

Tengo que entender, pues, que solo eres un capricho. Un capricho que se sumerge en mis sueños, cuando sueño, para mantenerme viva la ilusión de seguir sobreviviendo en esta historia. Un capricho que también es insomnio; que me atormenta de la mejor manera posible; que hace que me olvide de mí por completo para pensar en nosotros. Un insomnio para saborearme los labios e imaginar que estás conmigo, que somos uno.

Ahora te pido que me entiendas tú a mí. Las razones de este hasta luego ya las conocemos de principio a fin, al revés y al derecho.

Dejaré de soñarnos, de escribirnos, de contarnos como unidad, de hacernos poesía.

Tengo que entendernos como lo que siempre fuimos y seguiremos siendo: nada.



Permíteme entender.

domingo, 21 de octubre de 2012

Trío de curiosos.



Esa intensa noche estaba compartiendo con algunos conocidos unas cuantas botellas de un amargo pero adictivo licor. Entre música y diferentes conversaciones iba transcurriendo el tiempo. Pasaban las horas, y la cantidad de alcohol se intensificaba. Pasaban las horas y el baile se fue convirtiendo en algo más erótico, en algo más vulgar y sucio. Pasaban las horas y le clavaba la mirada aún más, a ella, a esa mujer que desde que llegué me hizo sentir un morbo increíble, unas ganas de devorarla con la mirada y de hacerla gritar de placer.

Ella era delgada, de cabello castaño oscuro no muy largo, y de unos 1,73 cm de estatura aproximadamente, tenía los ojos color miel, y esa mirada, transmitía lo angelical de cualquier niña inocente, pero la rudeza de aquel mujerón ansioso de sexo. La corta y descolorida falda que llevaba puesta, exhibía esos grandes muslos tostados por el sol, esas largas piernas que ya me imaginaba abiertas esperando la visita de mi fierra masculinidad. Solo podía ocultar la mitad de aquel par de senos que adornaban su pecho; vestía una blusa de líneas blancas y rojas, erguida en zapatos negros con tacones, y llevaba alrededor de su cintura una correa del mismo color que le sujetaban las ganas, cosa que más adelante yo mismo confirmaría.

Ya empezaba a sentir los efectos del alcohol. Me acerqué al sofá donde ella estaba sentada y le pregunté su nombre, intentando iniciar una conversación. Sonrió de manera pícara y con voz seductora me dijo: “Katherine”, seguidamente me preguntó: ¿Me acompañas? Se puso de pie y se dirigió hacia uno de los cuartos de aquel apartamento, con toda seguridad de que yo iría detrás de ella. Y así era.

Apenas entramos a la habitación, sin encender las luces ni pronunciar alguna otra palabra, me empujó hacia la pared y comenzó a besarme desesperadamente. Me lamía el cuello tal cachorra saciándose de agua, me mordía suavemente los labios mientras con una de sus manos me apretaba el bulto, ese bulto que con cada lamida y con cada roce de sus senos contra mi pecho se iba prensando más y más, y que al parecer, ella disfrutaba sintiéndose dueña de él. Apretujé sus sólidas y redondas nalgas, acercándola hacia mi ya endurecido pene. Entre besos la fui llevando a la cama para terminar con estas ganas de poseerla que ya se notaban en mi mojado bóxer. El momento fue interrumpido por un: “ya va, ya vengo, no te vayas a ir por favor”. Quedé asombrado, pensativo, a la expectativa.

A los dos minutos se abrió la puerta y era ella, pero acompañada por otra chica. Encendió la luz de la pequeña lámpara ubicada encima de la mesita de noche e hizo la pregunta que tanto estaba imaginando: ¿Hay problema si ella se queda? Es mi amiga, dijo. Por un momento me estremecí, nunca antes había estado con dos mujeres a la vez, lo imaginaba, lo deseaba, lo fantaseaba pero nunca supe que iría a hacerlo tan pronto. La otra chica era una rubia que también estaba en la reunión desde que llegué, era corpulenta, más baja de estatura que Katherine, de labios gruesos y ojos verdes. Nunca me fijé en cómo iba vestida, en ese momento lo menos que detallaba era lo que sobraba: la ropa. Respondí que no había ningún problema.


Katherine se acercó hacia la cama donde yo me encontraba acostado. Se deslizó encima de mí e hizo un gesto de invitación a la amiga que todavía se encontraba de pie junto a la puerta. Siguió con esos besos sádicos y llenos de ganas, siguió jugando con mi lengua y empezó a moverse despacio, en círculos, mientras frotaba su pubis con lo duro que se encontraba mi jean por tal erección. La otra chica se estaba quitando la ropa muy rápido como si estuviese recibiendo órdenes, pero me di cuenta que era el mismo deseo de participar en aquel acto, las mismas ganas de fantasear y saciar su morbo con aquellos dos que jugueteaban en la cama. 

Entre las dos me quitaron el jean e iban despojándome del bóxer mientras se besaban. Ellas provocaron que mi miembro casi explotara de lo compacto que estaba. Se besaban con locura y desesperación; una de las lenguas bajó apresuradamente por la mejilla, luego por el cuello… hasta llegar al firme pezón de la otra; esa lengua era la de Katherine, y mientras ella satisfacía y excitaba a su amiga, la rubia comenzaba a gemir del placer provocado. Yo seguía ahí acostado, observando aquella escena que me tenía ansioso y excitado al punto máximo. Sentía la necesidad de penetrar a alguna, de descargar mi furia en ella, de castigarla.

Katherine se abalanzó sobre mí y se sentó sobre mi pene, cubriéndolo de aquella cálida y húmeda cavidad. Con sus manos sobre mi pecho, inició un rápido movimiento mientras sus ojos se retorcían de placer y mi respiración se aceleraba. Después de unos minutos se levantó de aquella silla que en la que se había deleitado para dedicarse a hacerle sexo oral a la rubia. Esta chica estaba acostada con las piernas hacia arriba y la otra que parecía bestia, le abrió la vagina con los dedos mientras metía y sacaba la punta de la lengua, la haló por el cabello mientras se retorcía y hacía movimientos como intentando meter toda la lengua de la otra en su gran abertura. Se escuchaba como saboreaba aquel líquido que salía en cascada, se olían esos féminos fluidos que me tenían en éxtasis.

Mi desesperación hizo que buscara una posición en la que penetrara a Katherine sin interrumpir la degustación que ella estaba haciendo de aquella mujer. Y así hicimos. La apreté bien fuerte de las nalgas e inserté mi fierra masculinidad en su hoyo. Inicialmente lo hacía lento, despacio, sin prisa, para que me fuera sintiendo dentro de ella. La excitación se apoderaba de mí, empecé a acelerar la rapidez de mi movimiento, mi pene entraba y salía provocándole dolor, pero de ese dolor que sacia, que gusta y que da placer. Le di nalgadas sintiéndome su amo, la azoté. En ese momento los tres estábamos gimiendo exhaustivamente, disfrutando de esa experiencia con la que había fantaseado tanto. Sentí cómo sus líquidos arropaban mi endurecido pene, permitiendo la penetración con más facilidad y sensibilidad. 

La rubia pidió que la penetrara. Ella acostada y yo de pie, apretándole los senos, me dediqué a darle con fuerza, queriendo introducir absolutamente todo dentro de ella; Katherine se arrodilló dejando su vagina en la boca de su amiga, mientras escupía y lamía alrededor de donde estaba penetrando. Esa imagen alimentó el morbo muchísimo más, tenía el glande durísimo y lubricado, casi a punto de estallar.

Estas dos hembras se arrodillaron y empezaron a chuparme el pene, entre las dos, tal leonas peleando por la misma presa. Se besaban teniendo mi masculinidad en medio de sus bocas, lo lamían, lo absorbían. Mientras una lo guardaba en su garganta, la otra pasaba la lengua suavemente por mis testículos. Prensé las piernas, comencé a gemir. Ellas seguían jugueteando y dándose placer con los dedos. Les avisé que estaba a punto de liberar todas las ganas que habían provocado durante estas fugaces horas, ellas exigieron que querían recibirlas en sus caras. 

Mis placenteros gemidos fueron acompañados de un gran chorro de semen, el cual se esparció por aquellos satisfechos rostros mientras me tocaban los huevos y se acariciaban los pezones. Besándose, untadas de aquella espesa y caliente sustancia, concluyó tan excitante y perdurable práctica. Nunca supe cuál era el nombre de esa hembra de cabellos dorados, quien fue partícipe de esta experiencia de mi vida. Nunca más volví a tener contacto con Katherine, la mujer que de alguna u otra manera hizo que ese trío de jóvenes curiosos y no mayores a 21 años, hicieran realidad una fantasía. Quedé exhausto, complacido, saciado. Me sentí ligero, deseoso de que ocurriera nuevamente…

viernes, 8 de junio de 2012

El gran viaje.


Estaba en una camioneta Van de color blanco junto a algunos compañeros de la universidad, dentro de ésta había doce asientos sin incluir el del chofer y el copiloto; era espaciosa y muy fría. Ocupamos algunos puestos con aquellas grandes y coloridas maletas. Iban a ser los tres más excelentes días para muchos de nosotros. Se podía sentir en nuestras miradas la euforia y las ganas de llegar rápidamente a nuestro destino. Durante el camino aprovechamos la oportunidad para recordar parte de nuestra infancia con algunas viejas canciones; reímos, cantamos, y descansamos para tener energía durante el día. El pequeño, humilde, pero rico en paisajes pueblo de Chichiriviche, nos esperaba.


Disfrutamos de un excelente y relajante paseo en lancha donde observamos aquellas majestuosas y rígidas rocas gigantes. Se podía sentir en los pulmones aquel exquisito aire con desconocida procedencia, pero que de alguna u otra manera hacía que sintiéramos tener la vida en nuestras manos, que apreciáramos todos nuestros sentidos para percibir tan majestuosos paisajes, para que voláramos con aquellas gaviotas y ésos coloridos pájaros tan cantarines como las voces más jóvenes de una orquesta. Esa señorial Cueva del Indio se apoderó totalmente de nuestras pupilas; inertes jeroglíficos adornaban las grises y marrones sólidas piedras que vestían a la misma.


Por fin llegamos al cayo. Caminamos desde un pequeño muelle de madera hasta conseguir un cálido y pequeño espacio en medio de aquella blanca y suave arena, bajo una gran sombrilla de diferentes tonalidades y texturas. En un momento me senté a la orilla de la playa, compartiendo un cigarrillo que tenía en la mano derecha y una fría bebida alcohólica en la izquierda con una extraordinaria compañía. Ahí me encontraba yo, escrutando el horizonte y la inmensidad de aquel verde azulado océano; donde el cielo y el mar se hacían uno, donde el solitario sol, ardía con más fuerza que nunca en ése despejado cielo; donde las olas se mecían con aquella brisa firme pero cansada. Ahí me encontraba yo, deleitando mis extasiados ojos con tan hermosos panoramas que nos brinda la gran Venezuela.

domingo, 22 de abril de 2012

El poder del tacto.

Tócala, no de manera delicada, no como una pieza fina de porcelana. Tócala, como una hembra en celo, como una mujer que es deseada.


Tocarla como a un melódico piano en función de media noche hasta hacerla gemir; tocarla porque me encuentro en su piel, porque me llama.


Tócala hasta sentir su humedad en la yema de tus dedos, hasta que sus cuerpos se fundan, hasta no distinguir dónde comienzas tú y termina ella, hasta que los dos en un grito ahogado se sacien de placeres, que se acaben las ganas.


La sigo tocando, porque mi pene goza las erecciones que ella misma produce. La toco porque quiero sentirme de ella, y quiero hacerla sentir mía.


Entonces llénate de ella, de la dulce miel que exhala la fruta que hay en su entre pierna, de cada respiración agitada que le provocas al sentirte dentro, al llenarla, llénate de las sensaciones que provoca y te son provocadas a su vez.
Siéntete de ella y sigue haciéndola sentir deseada, porque ella hace mucho que te pertenece.


Me lleno y me unto de tan deseada y exquisita fruta; quisiéndola deborar con pasión y delicadeza durante el día, pero salvaje y bruscamente por las noches.
Porque más que saciar mi sed de sexo, me llena de amor, me hace sentir querido, amado.



Gracias Ivette, por tan llameantes letras.

jueves, 5 de abril de 2012

Ella era.



Ella era alegría, que pronto se convertirá en tristeza.
Ella era delicada, tan suave y hermosa como la rosa más roja de nuestro jardín; pero tan hiriente como sus propias espinas.

Ella era tan dulce que sus besos me empalagaban, pero que con su adictiva saliva saciaba mi sed.
Ella era delgada; mis manos cubrían las curvas de su cintura, apretaban y sentían su delirante abdomen.

Ella era mi tiempo, por lo tanto, mi vida.

Ella era ésa mujer por la que estaba dispuesto a dibujar un castillo para convertirla en mi princesa.
Ella era silencios ensordecedores, pero llenos de respuestas. Respuestas que no encontraba ni en mí mismo.

Ella era, es, y seguirá siendo; aunque ya no conmigo, pero sí dentro de mí.
En lo más profundo de mi corazón, de mis anhelos y deseos.
Ella está ahí, presa.

Ella era y será motivo de mis sonrisas.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Quisiera.


Quisiera ser tu día y tu noche, amanecerte y anochecerte.
Quisiera ser la brisa que toque tu rostro y el cielo en el cual reposes tu mirada.

Quisiera ser la línea que se haga poesía en esta historia.
Quisiera ser la sombra que el silencio absorbe en la tenue soledad.

Quisiera ser tus miedos y anhelos. Quisiera poder estar a tu lado; amarte, amarnos.
Quisiera que me quisieras, que me escribieras en cada línea del libro de tu vida, de tu historia.

Quisiera ser la despedida de los profusos versos que pronuncian tus labios.
Quisiera ser el suspiro que recorre el viento y yace del murmullo en tus sueños.

Quisiera explorar y recorrer tu cuerpo de punta a punta; sentirte en cada beso y en cada suspiro.
Quisiera sentirme tuyo y tú mía.

Quisiera ser el encuentro del verso en el cauce de mi pluma.
Quisiera ser quien dibuje los paisajes al compás del poema, acariciando el frío que quema por dentro.

Quisiera ser la ventana donde caen tus estrellas que desde afuera iluminan el amanecer.
Quisiera ser el acorde que cubra tu melodía de pasión.
Quisiera escucharte.

Quisiera un nosotros eterno, sin un inicio ni un final, simplemente etéreo.
Quisiera vivirte en cuerpo y alma, más que en letras y sueños.
Quisiera serte.


Gracias Yeli por permitir esta mezcla de letras. Todo un placer.

martes, 28 de febrero de 2012

Me quedé sin ti.


Me quedé con los besos que nunca te di, con los recuerdos de aquellos momentáneos pero felices ratos.
Me quedé sin una lágrima, todas salieron a pedirte que regresaras.


Me quedé sin aliento al entonar las mil y una canciones, todas a tu nombre, con tu nombre; para ti.


Me quedé con las ganas de hacerte la mujer de mi vida, la que me acompañara hasta el final de mi historia,
la que amaneciera para mí. La mujer dispuesta a causar el fin de mi tinta.


Me quedé con los brazos extendidos,  esperándote durante años.


Me quedé pensándote, recordándote, escribiéndote y sintiéndote en los más íntimos y profundos recuerdos.